Acerca de Cindy Sherman


Ya había temblado al entrar, ya había mirado durante horas todo lo que necesitaba ver, desde la carpita de Emin hasta las pizarras de Dean y algo de Beuys en el medio. Ya había intentado robar el cuadrito de Freud que era mucho más chico de lo que imaginaba y “Oh, lovely”, había dicho el guardia de la sala ante mi sospechosa cercanía. Ya estaba, ya nos echaban, todo lo que había ido a buscar, lo había encontrado. Pero estaba fijada al piso de la Tate, imantada por una reproducción postal del trabajo de una fotógrafa que, en mi valija de certezas, calificaba como súper interesante pero con la que “no me pasa nada, con Cindy Sherman no me pasa nada”. Sin embargo eso era un Sherman que al menos yo nunca había visto y que ahora no podía parar de mirar. Así que compré dos postales, una para mí y otra para una amiga. “Oh, lovely”, le escribí en el dorso y se la mandé por correo, sin sobre, desnuda como para que todos los que la vieran en el camino se enamoraran de ella.


Lorena Fernández escribo sobre una obra de Cindy Sherman, podés leer la nota completa aquí.

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